KEYVIS


Corre el 19 de Diciembre de 1993. Leandro vuelve de pasar el fin de semana en una quinta con amigos y llega a la tardecita a su casa, se pega una ducha y cena en familia.

Luego avisa que irá un rato a Keyvis, el boliche donde trabaja en lasemana, porque allí harán la fiesta de egreso los chicos del La Salle (colegio en el cual él se había recibido un año atrás). Antes de salir le pide a su padre las llaves del auto pero Raúl se niega a dárselas argumentando que el vehículo está destruido y que lo va a dejar tirado en el camino. “Bueno, no voy” dice Leandro.
Pero Raúl tiene una debilidad y son sus dos hijos: suspira, mete la mano en el bolsillo, saca las llaves y se las da.

Unas horas más tarde vendrán a la casa dos amigos de Leandro para avisar que se incendió el boliche pero que se quedaran tranquilos porque lo vieron afuera y estaba bien. Raúl se dirige inmediatamente al lugar del hecho y cuando llega a Libertador al 1900, lo primero que ve es su propio auto mal estacionado y de contramano. “Hijo de mil puta ya te voy a agarrar” -piensa- y se queda esperando.

Sin embargo el tiempo pasa, Leandro no aparece y nadie sabe decirle dónde está. “Lo encontré doce horas después del incendio, a las tres de la tarde en la maternidad Santa Rosa. Estaba negro por el hollín y ¿podés creer que cuando lo abracé todavía tenía fiebre?. Los técnicos dijeron que la temperatura llegó a los mil doscientos grados.”

Así, con precisión y hasta incluso utilizando verbos en presente, es como me narra Raúl la tragedia veinte años después, desde el living de la misma casa en la que Leandro creció. Raúl no escatima en detalles porque siente que esa es su misión: mantener viva la memoria de aquellas diecisiete personas que fallecieron. “En realidad fueron dieciocho los muertos, no diecisiete como siempre se dice” -interrumpe Mari, la mamá de Leandro, mientras prende un cigarrillo- “la única mujer que falleció era una chica de quince años que ese día estaba de casualidad en el baño de damas cuidando el puesto de trabajo de su madre quien, como estaba agotada, le había pedido que la reemplazará. En la autopsia saltó que estaba embarazada, ahí está la víctima número dieciocho”.

Raúl recalca que casi todos los fallecidos eran hombres porque se encargaron de sacar a todas las mujeres primero y después, cuando quisieron salir, fue cuando se cayó el techo bloqueando la entrada e impidiéndolo. Claro está que salidas de emergencia no había y la puerta que daba al patio interno estaba cerrada con cadenas y candado.

Ahora comenzará el relato de la causa judicial en la cual la municipalidad de Vicente López, al mando del intendente Enrique García, juega un papel muy importante negando la tragedia. “Hay incluso declaraciones que no concuerdan pero cuando la justicia no hace nada, no hace nada” -explica Raúl- “García se encargó de cajonearla, argumentando que no se había pedido permiso a la municipalidad para hacer la fiesta ese Domingo pero, como siempre digo, si yo tengo un restaurant no tengo que pedir permiso cada vez que alguien viene a comer. Este boliche estaba habilitado a pesar de las pésimas condiciones de seguridad que tenía.”

Al poco tiempo del incendio Raúl hace una reunión con los padres de las víctimas en la cual cuatro matrimonios deciden conformar la Asociación Civil de Padres de Kheyvis para tomar control de la causa. Sin embargo, tienen la mala suerte de elegir un abogado que resultará ser ineficiente. Lamentablemente se enterarán muy tarde de ello.

Durante los años que siguen no se dictarán condenas por las muertes pero sí habrá un puñado de sentencias improvisadas y acciones que quedarán en la nada: un menor será detenido por cuarenta y cinco días acusado de originar el fuego, pero será liberado por “falta de pruebas”. En 1998 la Sala I de la Cámara del Crimen de San Isidro dispondrá que los diez inspectores municipales procesados por inhabilitar indebidamente la discoteca sigan libres bajo una fianza de doscientos pesos. Sí, leyó bien, doscientos. Incluso algunos de ellos serán ascendidos luego a nuevos cargos municipales.

En el 2002 la misma sala condenará a cinco años de prisión efectiva y a diez años de inhabilitación para ejercer el comercio a uno de los dueños de Kheyvis (el otro dueño falleció en el incendio). La condena tampoco será por las muertes sino por haber mentido en declaraciones anteriores. En el mismo fallo, será condenada la inspectora municipal a tres años de prisión en suspenso y diez de inhabilitación para ejercer cargos públicos y a dos de prisión en suspenso e inhabilitación perpetua para el ejercicio de la función pública y costa a la arquitecta.

Y en el 2006, finalmente, prescribirá la causa.

Ese mismo año el abogado -padre de una de las víctimas de Cromañón- le ofrece a Raúl hacerse cargo de elevar el caso a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, recibiendo una respuesta favorable. José explica que se ofreció porque ve una total similitud entre ambas tragedias; según dijo: “Kheyvis y Cromañon son un espejo, la diferencia fundamental está en la condena: en Cromañón por suerte se logró determinar los culpables y la pena que merecían, en la otra no.” De todas formas resaltó que “esto no significa que la causa se pueda reabrir y que exista la posibilidad de obtener nuevas condenas, sino que la corte intervendrá concretamente en la causa civil obligando al Estado a hacerse cargo de los daños, siendo prácticamente una resolución económica”.

Hasta ahí llega la narración que Raúl y Mari me hacen de estos veinte años. No es un relato con final feliz y dudosamente algún día lo sea porque las marcas de la tragedia están grabadas a fuego en sus vidas. Ni la justicia ni nada va a cambiar el hecho de que hace ya dos décadas que no le cantan el feliz cumpleaños a Leandro.

Cuando me estaba yendo, al despedirme de Mari observo que está por prender otro cigarrillo y le pregunto si siempre fuma tanto. Me dice que sí, que comenzó a fumar desde muy joven y que una sola vez pudo dejar de fumar por cuatro años y tres meses debido a que Leandro se lo había pedido. Se ríe, me dirige una mirada cómplice y me cuenta que paradójicamente luego lo encontró fumando a él. “Uh, ¿Ahí retomaste con el hábito?” -le pregunté- pero negó con la cabeza.

“Volví a fumar el 20 de diciembre de 1993”, me contestó.
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{Esta nota la escribí para la Facu hace unos años y no me canso de compartirla todos los 20 de diciembre 😔}

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